Dicen que las personas nunca mueren

Dicen que las personas nunca mueren mientras son recordadas, mientras eres capaz de escucharlas en la voz de otra persona o si, recuerdas sus palabras como algo bello en vez de como una pesada losa.

Mi padre, era un ser curioso. No era un gran creyente, salvo de lo que llenaba su alma. Caían sus lágrimas ante su querida Virgen Macarena y charlaba, como aquellos amigos que se conocen de siempre, con su Cristo de Medinaceli.

Mi infancia, sucedió en un viernes eterno, días en el que con su Seat 124 azul, acudíamos a ver a su Cristo de Medinaceli.

Seat 124

 

Tendríamos más o menos cosas (más bien siempre menos), pero siempre llevaba sus monedas para ayudar a las personas.

Nunca evitaba un abrazo, un beso a María la vendedora de Flores, a Juan el mendigo que le faltaba una pierna, a Darío que casi era ciego. Todos se agolpaban a besarle, a abrazarle, pues no era una moneda lo que les daba, era respeto y cariño.

Él, como yo ahora con mis hijas, me entregaba las monedas para que yo fuera el que las fuera repartiendo y no, no era limosna, era compartir lo que teníamos con otras personas y, sentir en el corazón cuando ellas nos contaban sus problemas o, partían al cielo.

En sus últimos días, decidí no soltar su mano. Su vida y su sentido se escapaban y me aferré a su último aliento. Yo soy él, o al menos, lo intento. Y en un momento de lucidez, me contó cómo quería su final.

Han pasado ya algunos años y no olvido quién soy, su hijo, su admirador y el continuador de su labor, pero dicen que las personas nunca mueren mientras son recordadas y, seguimos aprendiendo día a día.

Aún sonrío cuando me llaman Don Ismael, pues ese era su título, yo soy un simple aprendiz que vive emocionado cuando me dicen que me parezco a él, cuando alguien le recuerda y, se le despierta una sonrisa, cuando cuento sin querer los escalones pensando en su silla de ruedas o, cuando tomo un vino brindando al cielo.

En aquel hospital, en una larga noche de seres queridos que en sus sueños vinieron a visitarle, me dijo: “niño (siempre me llamaba así o Ismaelito), mis cenizas al manzanares con la Yoyo (mi abuela, su madre), despedirme tomando un vino y no quiero tristezas. Ponerme la canción del Capotillo (su canción para las fiestas) y dile a la Macarena lo que ha pasado. Vete el viernes y le dices a mi Cristo de Medinaceli que voy a verle, pues siempre tiene muchas cosas que hacer y lo mismo no se dió cuenta”.

Una canción, El Capotillo (Pepe Romero), que tras muchos años volví a escuchar en la voz de mi madre María Dolores Urbiztondo con el aire renovado del que lleva la emoción en su capote de paseo no dejando que las cosas se olviden.

Cada palabra de lo prometido se cumplió. El Jueves Santo acudí a gritarle “guapa” a mi Macarena y decirle que ahora ella tendría que cuidarle. Ella me miró y me sonrió haciendo que ahora no pueda faltar a charlar con ella ningún Jueves Santo, ahora ella es mi Macarena. En el cruce de la Calle Toledo, allá donde se miran El Gran Poder y la Macarena, sentí que nuevamente estábamos los dos apoyados embelesados, con la respiración en suspenso del que sabe que el cielo, está abierto para verlos.

Virgen Macarena en Madrid
Virgen Macarena en Madrid

El viernes caminé hasta los pies del Cristo de Medinaceli. Pude abrazar a una anciana mujer que reconocí. Sequé sus lágrimas de dolor cuando le comuniqué que él, ahora, ya no necesitaba su silla de ruedas en el cielo y, en ese momento, entendí su labor.

Entré en la iglesia y me senté frente al Cristo de Medinaceli, mirándole a los ojos con la emoción del que sabe que su corazón no está completo. En “mi no creer“, hablé con él como haría mi padre, le conté paso a paso todo lo que había sucedido, le conté cada caricia y cada palabra y le dije que ya estaba en su merecido lugar. “No te quiero engañar“, le dije, “vengo por él y por agradecerte todo lo que hiciste“. Y lo sentí, encontré esa paz del que sabe que alguien te escucha sin hablar, del que no se pierde ni una de tus palabras.

El otro día, salió el Cristo de Medinaceli por Madrid en procesión y lloré en mi “no creer”. Cerré los ojos para escuchar a mi adorada Diana Navarro, mientras sembraba de emoción cada pliegue de su manto. El Cristo estaba parado, escuchando, mientras los hombros de mi padre sujetaban su figura.

Cristo de Medinaceli
Cristo de Medinaceli

No sé si algún día podré decirle a Diana Navarro quién era la persona que la escuchaba abrazada al Cristo, no sé si algún día podré expresarla lo que siente un corazón cuando brota la emoción y, cuando junta tantos y tantos momentos en el pentagrama de su vida. Allí estaban todos y yo los sentí. No existe la noche cuando la luz de una voz se adueña de tu alma para conectarla directa con el cielo.

Dicen que las personas nunca mueren y tú sigues cada día más vivo.

 

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